Espejos
Pocos
ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos.
Nicolás Maquiavelo
Cuando
uno ha cultivado la confianza con otro, puede hacer cosas increíbles. Por
ejemplo: cuando un hombre tiene confianza en una
mujer, puede desnudarse delante de ella con la tranquilidad de que no comenzará
a reírse por la panza que tiene, ni por sus pelos (al mejor estilo mono de
zoológico). Y aún más, una mujer que se
siente en confianza y dentro de un marco de respeto mutuo, también es capaz de
desnudarse frente a un hombre, y no sentir vergüenza de andar por la vida, como
una mujer africana de alguna etnia nudista. La confianza es un elemento
poderoso en las relaciones humanas y algunas veces, nos lleva a hacer locuras.
Existe
una historia legendaria donde aparecen dos personajes desnudos. Adán y Eva no
tenían vergüenza de estar desprovistos de ropa frente a frente. Cuando tenemos
paz en el corazón podemos ser auténticos y no avergonzarnos de nosotros mismos.
Sin embargo, cuando ellos marginaron a Dios, comenzaron a sentirse ridículos y
expuestos. La inocencia sana que los caracterizaba, había desaparecido. Por
esto, se tejieron hojas de higuera para cubrirse. Desde ese momento, nosotros,
como ellos, comenzamos a tejernos hojas de higuera para taparnos. Hemos
pensado, como nuestros amigos desnudos, que podemos ocultar lo que realmente
somos.
Recuerdo
uno de los gloriosos episodios de la película Shrek. En ella encontramos a un
ogro malhumorado y a un burro con dotes mágicas: hablaba muchísimo. En uno de
los momentos de diálogo, el burro desea conocer más profundamente al ogro. Sin
embargo, éste le explica que su especie es complicada, que no es sencillo poder
ingresar a la intimidad de un ogro. Es entonces, cuando el ogro le explica lo
complejo que es su especie. El burro sin entender le pide un ejemplo. Es
entonces cuando el ogro le dice : “Un ogro es... como un cebolla”. El burro le
responde: “Apesta, hace llorar, si las pones al sol se ponen marrones y les
salen pelitos blancos”. El ogro, casi enojado le dice: “¡Noooo!, las capas. Las
cebollas tienen capas, los ogros tenemos capas”. Finalmente, el burro,
reflexivo dice: “Pero no a todos les gusta las cebollas”.
Esto
es sencillamente una teoría excelente para explicarnos. Somos seres humanos con
capas, con máscaras, con hojas de higuera o con miedo a no ser aceptados si nos
presentamos como realmente somos. Quizás, la herida que han provocado en
nosotros no nos permite ser vulnerables nuevamente. Cuando nos despojamos de las
capas somos frágiles y tememos ser lastimados. Por esto, no cubrimos de una
serie de máscaras para ser aceptados, sin embargo lo que aceptan los demás son
nuestras apariencias, no nuestro verdadero ser.
Veamos algunas apariencias con las cuales nos hemos
“tapado”:
1. Soy por lo que tengo: hoy más que
nunca, el tener objetos pareciera que nos califica. Si no tienes esto o
aquello, no eres nada, según hemos creído. Salomón, uno de los reyes más ricos
sobre la faz de la Tierra, tenía todas
las cosas materiales que deseaba. De diferentes lugares del mundo iban a
contemplar sus riquezas. Esto lo confundió. Pensó que su verdadero valor
residía en lo que tenía. Levantó un imperio. Se olvidó de la gente y de la
fuente de su poder. Como consecuencia, dejó una herencia hecha trizas en
valores, en carácter y provocó la triste división de una nación que tenía un
potencial maravilloso. Las cosas son cosas y no
deberían tomar el lugar de las personas en nuestra escala de valores.
2. Soy por las relaciones con otros:
las relaciones son vitales para nuestro desarrollo como seres humanos. Solos,
no podemos vivir. Somos seres sociales, arraigados a una red de convivencia.
Sin embargo, hemos descuidado las relaciones. Es importante que seamos inclusivos en nuestras
relaciones. Un estudio sobre las redes sociales nos dice que nos comunican, pero
que no nos integran. Los encuestados de este estudio dicen que mejoraron el
contacto con otros, pero que no les ayudó a ganar amigos.
3. Soy por lo que hago: seguramente te
ha pasado de preguntar a alguien ¿quién eres? Y te contestan: soy odontólogo,
soy profesor, soy esto o aquello. La respuesta que recibimos es en base a lo
que hacen y no a quiénes realmente son. Vivimos en una sociedad donde “el
hacer” marca la utilidad e importancia. En el mundo del activismo,
debemos entender que lo que hacemos es solo una
parte de lo que somos. Lo que hacemos es reflejo de lo que nos
apasiona, sin embargo solo es una parte de lo que nos constituye como seres
humanos, no todo.
4. Soy por lo que aparento: somos
actores conscientes o inconscientes. Nos mimetizamos con otros, ya sean amigos,
hermanos o personas que admiramos. Es sano imitar las cosas positivas de otros.
Sin embargo, además de esto, es esencial que seamos
nosotros mismos, que seamos auténticos. Si estamos dependiendo
de nuestra apariencia, nos mentimos a nosotros mismos y a los demás. En casa
seremos una cosa, en el trabajo otra, en a mi comunidad otra, en el estudio
otra, etc. Nunca sabremos quienes somos. No caigamos en la mentira de
“dividirnos para agradar a todos”.
Vivamos libres de los juicios de
los demás y de los propios
Nos
vemos según diferentes espejos
De alguna manera, vamos formando en nuestra mente un
perfil de “cómo debe ser una persona” según mi propia opinión. Nuestras
relaciones están influenciadas por este paradigma de persona “correcta” que
hemos formulado. Los demás hacen lo mismo en su apreciación sobre nosotros. Es
por eso, que esta imagen distorsionada o no, tiene relevancia en nuestras
emociones.
Veamos
algunos “espejos”, donde nos miramos cotidianamente y que impactan el
desarrollo de nuestra identidad:
-
El
espejo de la familia.
En
la historia de Israel, existió un profeta llamado Samuel. Los profetas eran
personas que estaban encargadas de comunicar al pueblo lo que Dios decía como
también tenían funciones públicas. Un día fue a elegir un nuevo rey para su
nación.
Se
dirigió a la familia de Isaí, donde descubrió que había un hijo olvidado. Dice
la historia que Samuel evaluó hijo por hijo, hermano por hermano y no encontró
el perfil que buscaba para el próximo rey. Fue entonces que aparece en escena
el “hijo olvidado”:
Isaí le presentó a siete de sus hijos, pero Samuel le dijo:
—El Señor no ha escogido a
ninguno de ellos. ¿Son éstos todos
tus hijos?
—Queda el más pequeño —respondió
Isaí—, pero está cuidando el rebaño.[1]
Wow!
Isaí era un tipo rudo. Cuando le preguntaron sobre el más pequeño casi dice
“Ése no, sólo sirve para cuidar ovejitas y cantar con su arpa”. El perfil de
“un hijo de Isaí”, era demasiado alto para que David pudiera alcanzarlo. Por eso,
lo había aislado. David no solo había sido marginado, sino también la
comparación paterna lo había destinado a separarlo de su propia familia.
El
espejo familiar puede estar acertado, pero también puede estar equivocado. En
el caso de David, nadie creía en él, nadie de su propia familia pensó que él
podía ser elegido rey.
-
El
espejo de los amigos.
Los amigos pueden ser un buen espejo,
si son personas que quieren lo mejor de ti, que te reciben tal cual eres, que
te ayudan a mejorar. Lo que ellos digan será importante, siempre y cuando, no
te obliguen a ser y hacer lo que no está de acuerdo con tu identidad ni con tus
valores.
Cuando
era pequeño me gustaba la historia de Pinocho. Me
parecía un simpático muñeco de madera que tomaba vida. Sin embargo, cuando
estudié filología, es decir, cuando profundicé sobre los textos escritos y su
contexto, descubrí algo espantoso.
Carlo
Collodi, el autor de la novela, no la pensó como una obra de literatura
infantil. En la versión original, Pinocho es ahorcado por sus innumerables
faltas. Sólo en versiones posteriores, la historia obtendría su famoso final en
el que la marioneta se convierte en un niño de verdad. La gente protestó por la
muerte de Pinocho y Collodi tuvo que alargar la historia.
Lo
que más me impacta de Pinocho es su facilidad para ser influenciado por las
malas compañías. Las presiones de sus malos amigos, lo llevan a hacer cosas
imprudentes. Cede, quiebra su promesa y deja la escuela.
Busca
amigos que, aunque no sean perfectos, sean sinceros y dejen que sigas tu
camino.
-
El
espejo propio.
En
la vida encontramos muchas personas que no se creen capaces de estar a la
altura de las circunstancias. Algunos se sienten inútiles para todo. Otros se creen
los más insignificante de su familia. Varios padecen depresión crónica por
causa del rechazo permanente que viven.
Ellos, y muchos más, nos representan. Son una
muestra de lo que pasa en nuestro interior. Quizás, nunca recibimos afirmación,
ni ánimo, menos aprobación. Tal vez, nadie creyó en nosotros y pensamos que
somos “unos buenos para nada”. Cuando nuestra percepción no es formada sanamente,
es limitada. Dos formas de autoevaluarnos equivocadamente
son: no perdonarnos a nosotros mismos y, no creer que tenemos un potencial
mayor. Cuando lo hacemos, nos mantenemos paralizados, mirándonos
en un espejo cotidiano, pero equivocado.
-
El
espejo saludable.
Todos
tenemos una imagen mental de quiénes somos, qué aspecto tenemos, en qué somos
buenos y cuáles son nuestros puntos débiles. Nos formamos esa imagen a lo largo
del tiempo, empezando en nuestra más tierna infancia. El término autoimagen se utiliza para referirse a la
imagen mental que una persona tiene de sí misma. Gran parte de nuestra
autoimagen se basa en nuestras interacciones con otras personas y nuestras
experiencias vitales. Esta imagen mental (nuestra autoimagen) contribuye a
nuestra autoestima.
Algunos consejos para que esta autoimagen sea
saludable:
• debes verte como creación maravillosa. Darnos cuenta de
nuestras capacidades y de nuestra valía nos permitirá darnos cuenta que somos
particularmente maravillosos.
• debes verte como un acierto, no como un error. Uno de los
grandes obstáculos para desarrollar una autoimagen sana es pensarnos como un
descuido de la naturaleza. Tu vida es un acierto y los que te aman pueden afirmar esto.
• debes verte como alguien de valor. Nadie tiene el derecho de
menospreciarte. Es esencial entender esto, tanto a nivel personal como a nivel
relacional. Ningún ser humano es menos que otro, todos tenemos la misma
dignidad.
Cuando dejamos de mirarnos en espejos limitados,
los rompemos y dejamos uno solo, el espejo saludable, cambia nuestra perspectiva
de nosotros mismos y comenzamos a vernos acertadamente.


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